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Se miraba las manos como buscando una excusa para explicarse lo ocurrido. Sus manos eran grandes y castigadas, el trabajo duro nunca fue ajeno a ellas. Había controlado en todo momento la situación, hasta el más mínimo detalle estaba pensado. Durante semanas había repasado mentalmente cada paso, cada gesto, midiendo las fuerzas para no cansarse ni ahogarse, estaba todo milimetrado. La noche anterior se retiró pronto, se duchó con agua fría y después de meditar durante unos minutos ante el espejo, se recostó en la cama hasta quedar totalmente dormido. Por la mañana, sin pereza, se levantó y dejó que sus ideas se convirtieran en hechos. Algo no funcionó, algo fue mal. Siguió mirándose las manos. No encontraba excusas. No hallaba explicaciones. Sus manos aún son grandes y siguen castigadas.


Xavier
sin imanes

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