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Corrió hacia la puerta pero un contundente golpe en el centro de la espalda la paralizó el tiempo justo para perder cualquier posibilidad de evasión. Luego su visión se fué nublando hasta caer en la inconsciencia. Minutos después se despertaba desnuda y amoratada. Todavía desorientada intentó levantarse, sin tener en cuenta que su cuerpo no estaba preparado para tal aventura. A medio camino entre estar de rodillas y de pie, las piernas le fallaron volviendo otra vez a las frías baldosas del suelo. A medida que se iba recomponiendo llegaba la llamada del dolor; los huesos le crujían al estirarse y el dolor en su brazo derecho era más intenso de lo normal. Se miraba, incrédula, ante el espejo. Algo se rompió aquella tarde, y no fué únicamente su brazo. Con un alma hecha pedazos y un cuerpo brutalmente golpeado se dirigió al cuarto de baño. Encendió el grifo del agua caliente y reguló la temperatura hasta conseguir un chorro de agua tíbia, ligeramente caliente. Se dispuso a llenar la bañera, mientras rebuscó en el armario aquellas sales de baño que compró en el viaje de luna de miel en Haití y vació medio bote. Como no encontró espuma de baño se apañó con un bote de gel de avena. Cuando estuvo la bañera llena de agua al nivel óptimo cerró el grifo. Se dirigió a la cocina hasta el cajón donde encontró el cuchillo que tantas veces había utilizado para cortar jamón. Cuchillo en mano y un alma rota volvió al baño. Se introdujo en la bañera. Al primer contacto de las heridas con el agua le recorrió un escozor por todo el cuerpo, algo, que casi la hace retroceder. Siguió con su cometido y a pesar del malestar siguió hasta estirarse por completo dentro de la bañera. El agua, al mezclarse con su sangre, se tiñó de un color rosa que en cualquier otro momento podría haber sido hasta bonito. Con el cuchillo todavía en la mano, sumergió su cabeza bajo el agua. Aquelló le escoció más de lo que lo había hecho el resto del cuerpo. Tenía el labio superior de la boca reventado y tal vez hasta algún diente roto, pero era tan intenso el dolor en general que no supo diferenciarlo. Sacó su cabeza del agua y se quedó unos minutos intentando recordar las cosas buenas de su vida. Sólo consiguió que le resbalaran unas lágrimas por la cara. Minutos más tarde el rosa se volvió granate. Otra vez, el monstruo había ganado.

Xavier
y aún hay quién busca excusas

4 Comments:

  1. Cdaae said...
    Se me ha helado la sangre en las venas, todavia existen monstruos asi, todavia habrá "gente" que lo justifique, pero sigue siendo una barbaridad.
    iSaac said...
    Buenas Sr. Comandante.
    Me ha sorprendido mucho esta.. tu última entrada. No me la esperaba y me ha acojonado.

    Debo felicitarte. Para mi humilde parecer has escrito una pequeña obra de arte. Llega! Y de que forma.

    No hablas de la vida de ella ni la del montruo. No escribes de los motivos, ni justificas ni acusas. Solo describes la barbarie de unos actos por desgracia, demasiado cotidianos, la obra de un monstruo.

    Felicidades
    Anónimo said...
    Vaya Comandante, que relato más sorprendente.
    sucubo said...
    sobrecojedor, pero terriblemente real.
    un beso.

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